Probablemente nos gusta pensar que nuestra mentalidad, la forma en la que interpretamos la realidad que nos rodea, siempre ha permanecido más o menos igual y que en ella no influyen factores externos. Sin embargo, la tecnología disponible en cada época puede ocasionar cambios en nuestra forma de ver el mundo, interpretar la realidad, e incluso de razonar.
En 1529, Tomás Moro y su amigo el obispo de Londres Cuthbert Tunstall viajaron a Amberes, uno de los pricipales centros en los que los protestantes huidos de Inglaterra se habían refugiado al amparo del ambiente reformista de las Provincias Unidas. El Act of Supremacy, ley por la que el rey se convertía en la cabeza de una Iglesia de Inglaterra separada de la de Roma no se aprobaría hasta 1534 (Dickens, 171), por lo tanto Enrique VIII todavía era Defensor Fidei y se dedicaba a la persecución y ejecución de herejes protestantes.
Uno de sus principales objetivos era William Tyndale, luterano notorio y, sobre todo, traductor del Nuevo Testamento al inglés. La Biblia en el idioma vernáculo poseía una inimaginable capacidad subversiva (Greenblatt, Dickens) y la principal obsesión de católicos convencidos como Moro y Tunstall era acabar con este texto revolucionario. En Amberes, Tunstall se dedicó a comprar todas las copias del Nuevo Testamento de Tyndale que pudo encontrar, además de otras obras heréticas, y a consignarlas a la hoguera inquisitorial.
Sin embargo, esta acción era fruto de una mentalidad de un tiempo pasado, el tiempo de los manuscritos y los scriptoria, en el que la captura y destrucción de copias individuales de un texto podía impedir o dificultar seriamente su distribución. Con la producción en masa capacitada por la imprenta, esta mentalidad estaba completamente trasnochada: gracias al dinero que le proporcionó la compra de ejemplares realizada por Tunstall, Tyndale pudo financiar la segunda edición de su Nuevo Testamento, que apareció en 1534, y difundirla de forma aún más efectiva y con una tirada mayor (Greenblatt).
Si el paso de una cultura de los manuscritos a una cultura de la imprenta causó forzosamente un cambio de mentalidad, la adaptación a este cambio no debió ser un gran shock, ya que lo único que se cambiaba era la posibilidad de difusión masiva de un mismo texto, no la forma en la que el texto se estructuraba. Entre los cambios más llamativos probablemente este la aparición del concepto de derechos de autor, inexistente en la época de los libros manuscritos. La era Gutenberg es también la era de las ediciones piratas y de los beneficios por copia vendida, lo que permitió a la larga la aparición de una nueva profesión: el escritor. Es curioso que uno de los puntos de debate más acalorados en los nuevos medios de transmisión de la información sea precisamente el del copyright y la propiedad intelectual.
La información no cambió en forma de estructurarse; en esto un libro impreso hoy en día y un manuscrito medieval no difieren en absoluto: tienen un principio y un final, cuidadosamente marcados por la numeración de páginas y reflejado en el índice, y la forma correcta de absorber la información es empezar por la primera página y llegar hasta la última. Este concepto de orden, que ahora nos parece el natural, el más científico y casi el único posible se deriva de la linealidad que impone el medio de transmisión, i.e., el lenguaje escrito y codificado gracias al alfabeto. Ver a este respecto las opiniones de Walter J.Ong.
El énfasis principal que nuestra cultura pone al preparar a alguien para producir un texto escrito es el orden: los textos deben tener una introducción, un cuerpo principal en el que el argumento se desarrolle de forma ordenada y dialéctica, con una tesis a la que se opone una antítesis de las que surge una síntesis que hace avanzar el argumento (la metáfora espacial es muy significativa), para terminar con una conclusión, que no es sino la síntesis final, el puerto al que se llega y donde el fatigado viajero mental puede descansar y poner punto final a su periplo.
Esta forma de razonamiento lineal, sin embargo, se rompe cuando entra en contacto con determinadas nuevas tecnologías. Estoy pensando especialmente en el hipertexto, que permite saltar de un documento a otro documento o fragmento de documento con solo pulsar un botón. ¿Qué sentido tiene mantener una estructura lineal cuando el lector del documento no tiene porqué seguir esa línea? La cuidadosa estrategia de argumentos y contra-argumentos, todos ellos apuntando hacia un final definido al que conducen (nos parece) inexorablemente como una sucesión de silogismos encadenados se quiebra con esa nueva técnica de disposición textual, que permite saltar de nodo en nodo sin necesidad de seguir una ruta determinada.
Como ejemplo de lo difícil que resulta enfrentarse a esta nueva estructura con una mentalidad de texto lineal, puede visitarse la página Iroquois Women: Status and Role, elaborada por una estudiante del Lemoyne College (Syracuse, NY, EE.UU.). La creadora de la página desea mantener un orden en la presentación de sus materiales, de forma que constituyan una secuencia ordenada y dirigida a una conclusión final. Sin embargo, previendo la libertad que otorga el medio, reblede al orden lineal, incluye una petición (casi una súplica: "I urge you to start here in your journey through the museum") para que el cibernauta de turno respete este orden. Da la impresión de que la racionalidad, la inteligibilidad, el orden, casi la validez de los materiales presentados están a merced del capricho del visitante, que con un aparatito tan insignificante como su ratón puede destruir el argumento mejor construido y estructurado.
¿A qué nos lleva todo esto? Todo el mundo pone reparos a hacer de profeta, pero de todas formas las predicciones son divertidas, tanto si resultan acertadas como si no. Vemos ya en la práctica diaria con los hipermedios que el texto como realidad lineal ha desaparecido: cada vez se tiende más a organizar el texto en pequeñas unidades interconectadas y (si se nos permite el neologismo, por otra parte inevitable en un medio tan novedoso) multiconectadas, es decir, que permiten el acceso a una variedad de lugares sin que haya una ruta necesaria o predefinida. Si esto ya es una realidad contrastada para el texto, con el tiempo probablemente lo será también para nuestras costumbres intelectuales. Es decir, que pasaremos de un texto no-lineal a un razonamiento no-lineal.
Las consecuencias que esto pueda tener en nuestra concepción y uso cotidiano de la lógica todavía se nos escapan, aunque podemos intuir un razonamiento más basado en la acumulación, la vuelta sobre los mismos temas desde distintos ángulos y el establecimiento de conexiones diversas y abundantes, con ramificaciones múltiples en vez de una línea argumental principal que se recorre dialécticamente de principio a fin. Sería un razonamiento de estructura más bien circular, o quizá zigzagueante, siguiendo la estructura misma de los medios de comunicación más novedosos, para los que las metáforas más utilizadas son las de red o malla.