Cultura Vasca
Tema 5.8: El Txistu
El apologismo vasco, la danza y el tamboril


El apologismo vasco, centrado habitualmente en la lengua, se extiende también a otros muchos elementos culturales, entre ellos la flauta y el tamboril.




Del mismo modo que con la lengua, el apologismo pretende que el txistu y el tamboril (que a estas alturas ya son un claro elemento identitario vasco) es el instrumento más antiguo del mundo.

Iztueta y su Gipuzkoako Dantzak (1824) es un ejemplo claro de la unión de ilustración y apologismo:

Dicen que todos estos bailes vascos, aun en los tiempos anteriores a la venida del Hijo de Dios hecho hombre, eran honestos y discretos como los conocemos después. […] Nuestros venerables antepasados habían aprendido y tomado del patriarca Noé y de sus hijos las danzas y diversiones que, guardando sus obligaciones y dignos ejemplos, solían ejecutar los días de fiesta al son del tamboril, para dar loa y alabanza al único y verdadero Dios. Los vascos eran, aun en aquellas épocas antiquísimas, tan religiosos, que al bailar, temiendo ofender a su Supremo Hacedor, con sólo dar la mano entre sí, solían guardar muchísima modestia, dando el pañuelo el uno al otro (Iztueta, 1824). Entre los diversos instrumentos músicos que se conocen en el mundo, el primero es el tamboril; y su txistu, si bien posterior a él, se ha usado en el País Vasco antes del periodo histórico, como nos dicen muchos sabios varones. Instrumentos propio y peculiar del país que algunos autores creen ser la famosa bascatibia de los antiguos romanos, como si dijéramos la flauta de los bascongados (Iztueta, 1824).

Iztueta reforma profundamente la danza guipuzcoana, la sistematiza con el molde de la danza erudita europea (aunque lo presente como tradición auténtica), y como expresión de orden social.

La obra de Iztueta puede entenderse como ejemplo de folklorismo (Martí 1996).

En primer lugar, el folklorismo detecta; es decir, encuentra un elemento cultural que, según los parámetros ideacionales de la época, puede ser susceptible de aprovechamiento. Después lo fija en unas formas, eliminando o reduciendo drásticamente de este modo el grado de variabilidad que posee el folklore. Y posteriormente le otorga una validez de ámbito geográfico, social o funcional que no tiene por qué corresponderse con el papel que este elemento ha jugado históricamente, pero sí con las necesidades y características del nuevo sistema sociocultural (Martí, 1996: 199).
El proceso folklorístico implica un cambio, cambio nunca reconocido como tal, en el que se presenta un producto fruto de un mestizaje –una invención de la tradición– como costumbre auténtica, cuya remota antigüedad le proporciona una sacralidad que la convierte en inamovible. En mi opinión, esto es precisamente lo que hizo Iztueta: justificar los cambios que estaban haciendo los ilustrados no como tales cambios, sino como una tradición cuya invariabilidad derivaba de su extrema ancianidad. En ello se adelantó en mucho a una tendencia que sólo se va a generalizar a comienzos del siglo XX (Sánchez Ekiza, 2000).


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