Cultura Vasca
Tema 5.7: El Txistu
La polémica sobre las danzas vascas del s. XVIII


En el s. XVIII, se produce una encendida polémica sobre la danza popular. La polémica se centra en la moralidad, pero tras ella se enconde un puro juego de poder. Esta polémica contriburiá a cambiar la danza popular y, con ella, la flauta y el tamboril.




La polémica es el fruto del choque entre la ideología ilustrada y la religiosa.

El siglo XVIII desencadena la cruzada moral contra el baile, que constituye el caballo de batalla de la Iglesia y una de las actividades más conflictivas de los feligreses en el País Vasco. Es la historia de profundas tensiones que han turbado las conciencias hasta la segunda mitad de nuestro siglo (Satrustegi, 1981).

Argumentos de las detractores: lo inmoral y deshonesto (ya no tanto lo satánico).

Ahora todo es movimiento, todos saltan; se contonean y dan tirones de aquí y de allá, y topan a cada momento unos con otros con el trasero. Aquí hay verdadera alegría popular. En la búsqueda de las muchachas, que ocurre a la carrera, en el bailar alrededor y hostigar, en el perseguir unos tras de otros con culadas, hay una licencia, que las topadas y hostigamientos deben de hacer muy desapacible. Felizmente las danzarinas no son muy delicadas, de lo contrario tendrían que sufrir mucho en el ímpetu con que cada una es hostigada y recibe encontrones por sus dos danzarines de los lados.
(Humboldt, 1801) [descripción de un aurresku al que asistió en Durango]

Todos están de acuerdo en que hay cosas que hay que suprimir. La diferencia está en el alcance y radicalidad de las propuestas.

[…] por un lado en la danza muy rápida dándose golpes los cuerpos entre sí. Por otro lado en el fandango, ya en la cara, ya en los brazos, ya en el estómago, ya en el costado, así como haciéndose tanto chicos como chicas meneos deshonestos y vergonzosos sin parar […] Se hacen esa sucia salida entre chicos y chicas, sin que se sepa en la mezcolanza quién a quién, manoseos indecentes, tocamientos indecentes, invitaciones al pecado, y otros pensamientos lujuriosos que se les ocurran, así como decir verdulerías en voz alta, claras y groseras (Fray Bartolomé, 1816).   No deben permitir los alcaldes aquel son cuya práctica, sobre ser de salvajes, es más indecente que ridícula; y al tamboril que tocare ese son y las fugas precipitadas y aquellas con que se acaba la danza, meterlo luego en la cárcel, y aprenderá a tocar con sosiego y sin tocar a rebato y se acabará la danza sin aquellas carreras de locos (Larramendi, Corografía).

Los ayuntamientos vascos siguen los mandatos de la Iglesia… a su manera.

Está en juego nada menos que la hegemonía de la clase dirigente. Resumiendo: diversiones sí, pero diversiones en orden, que respeten, justifiquen y creen ellas mismas jerarquía social. Esta idea es, más que la de la simple moralidad o no de los bailes, la que verdaderamente interesa a los gobernantes ilustrados. […] La autoridad pública debía encargarse de vigilar estos buenos principios, eso sí de forma paternalmente sutil (Sánchez Ekiza, 2000).

¿Cuáles son las modificaciones resultantes? Por ejemplo, éstas que estableció un dictamen de varios expertos (Balmaseda, 1788):

  • Que no hubiera contacto entre manos de distintos sexo, colocando para ello un pañuelo
  • Que no se hiciera al final de la danza aquel arrebato de jigas, o agudo, que más era desorden que otra cosa
  • Que se guarde siempre moderación christiana, sin cometer el más leve ademán indecente, so pena de que cualquiera que se descompase, será severamente castigado in fraganti
  • Que el músico tamborilero, como el más inmediato al baile, cele si son guardadas, y observadas las precauciones antecedentes, con cargo a responder él con multa, y prisión […], con obligación precisa de dejar de tañer a la hora del Ave María
  • Que nadie se pasee por el lugar del baile, para que se pueda ver bien desde fuera y poderse reconocer cualquier desorden y castigar a su autor
  • Que sólo se hagan bailes en los lugares establecidos, y presididos por la autoridad

Para controlar la danza, lo fundamental es controlar al músico. Esto genera un mayor acercamiento de los tamborileros al poder.



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