Num. 1381
Sábado, 16/09/2000


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La muerte como rutina
JAVIER ELZO

Recuerdo perfectamente en qué circunstacias conocí a José Ramón Recalde. Vino al Seminario de San Sebastián a dar una conferencia sobre derechos humanos. No recuerdo exactamente la fecha pero con certeza puedo decir que fue entre los años 1962 y 1964, pues se corresponden con los que yo estuve en el Seminario. No puedo olvidarlo porque venía con una herida en la cabeza, pues acababa de ser golpeado por las fuerzas del orden, supongo que la Policía Nacional. Recuerdo que produjo un gran impacto en nosotros. Después he tenido ocasión de encontrarle en muchos momentos e, incluso, he participado con él en algún programa de radio cuyo tema tampoco he olvidado: la evolución de los derechos humanos en la Humanidad y su implantación en nuestra sociedad. Como es sabido es profesor en mi misma Universidad de Deusto, aunque José Ramón en el campus de San Sebastián, donde se ha ganado un más que merecido prestigio de rigor y honestidad intelectual, reconocido por todas las personas más allá de sus opciones políticas. En definitiva, un hombre competente en su trabajo y defensor de los derechos humanos.

He escuchado decir, antes del atentado de anteayer, tanto a nacionalistas como a compañeros de su partido y que han estado cerca de él en sus labores de gobernante, que junto a la firmeza siempre razonada de sus opciones politicas, Recalde busca el entendimiento, consciente de la realidad plural de nuestra sociedad. Sólo es intransigente con la conculcación de los derechos humanos. Lo digo con mis palabras: la tolerancia tiene el límite de la intolerancia de los demás. Cuando esta intolerancia se convirtió en legitimación del asesinato y estos asesinatos se convierten en rutina, José Ramón fue uno de los primeros, si no el primero, en propugnar la rebeldía ciudadana o rebelión de los ciudadanos, cito de memoria. No estoy propugnando, seguro que José Ramón tampoco, el enfrentamiento civil, ¡Dios nos libre! Menos aún utilizar las mismas armas de los violentos. Para el ejercicio de la violencia sólo el Estado de Derecho está legitimado, a través de sus propias instituciones, Policía y Justicia, fundamentalmente. Pero los ciudadanos no podemos quedarnos en casa o mirando a otro lado con tanto asesinato, tanto amedrentamiento, tanta 'kale borroka', tanta extorsión, tanta inyección deliberada de miedo, tanta gente con escoltas por la calle mientras los violentos pueden pavonearse, casi impunemente, diciendo lo que quieran.

Cierro estas líneas apresuradas con la alegría de saber que José Ramón sigue con nosotros, pero con la terrrible pesadilla de preguntarme, como tantos otros se estarán preguntado, quién será el siguiente. Porque, como José Ramón decía hace poco en un artículo de prensa, esta gente sólo sabe «matar y morir».



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