MAESTROS DE LOS BEATOS
Los treinta y un ejemplares llegados hasta nuestros días de las
miniaturas consagradas a ilustrar el Comentario de Beato de Liébana al
Apocalipsis atestiguan la larga y amplia irradiación de lo que puede llamarse
la escuela o las escuelas de los Beatos, que alcanzaron una de las más altas
cumbres en la historia de la pintura medieval de Occidente. Hoy en día, estas
miniaturas de los Comentarios de Beato de Liébana no pueden aislarse de la
amplia floración de miniaturas procedentes de los scriptoria
más diversos del territorio mozárabe, tanto meridional como septentrional, de
las cuales se han de citar como ejemplos tres piezas capitales de la producción
mozárabe del s. X: la Biblia iluminada en el 920 por el diácono Juan para el
abad Mauro, en el monasterio de Santa María y San Martín de Albares (Bierzo);
la Biblia terminada por Florencio de Valeránica el año 960, ayudado por su
discípulo Sancho; el Códex Vigilanus,
copiado e iluminado por el escriba Vigila, su compañero Sarracinus y su discípulo
Garcea (García), en el año 976 en el monasterio de Albelda. Es posible que
cada una de estas obras fuera representativa de un scriptorium
que constituyera un taller independiente, lo que sí puede afirmarse es que cada
una refleja una etapa de una evolución que no fue en absoluto homogénea. Cabe
suponer que varios factores condicionaron esta evolución, a saber: los modelos
recopiados, la apertura de cada uno de estos talleres a los diversos vientos del
espíritu pictórico y del espacio cultural hispánico y, finalmente, el talento
o genio de esos jefes de taller (los archipintores),
algunos de cuyos nombres quedaron recogidos en los colofones de los Beatos.

Juan de Albares es el más insólitamente moderno y el más
atrevido de los miniaturistas mozárabes; entre los rasgos de su pintura hay que
destacar la abstracción figurativa, el grafismo liberado, la notable
ornamentación y la discordancia concertada en los colores. Florencio de
Valeránica, monje castellano de Arlanza y escriba favorito de Fernán González,
ofrece una carrera más brillante y un estilo mozárabe más clásico. Florencio
fue tal vez uno de los autores más decisivos de la mutación genial que a
mediados del s. X, en los confines de Castilla
y León, elevó la miniatura mozárabe a su más alto grado de originalidad
creadora: la que maduró en el segundo estilo pictórico de los Beatos, la labor
de Florencio queda atestiguada por trece piezas del 937 al 978, de ellas seis
manuscritos, siguiendo su copia de las Moralia
de San Gregorio, iluminada hacia el 945. La madurez de su estilo se plasma en su
Biblia del 960, conservada en la Colegiata de San Isidoro de León. Tras las
agitadas violencias de Juan de Albares, una especie de equilibrio clásico
ordena las serenas simetrías del célebre colofón; las figuras humanas de
Florencio y de Sancho están emparentadas con los personajes de los Beatos por
sus pequeños pies y pequeñas cabezas alargadas, de mirada hieráticamente
fija, y los pliegues en paralelo y en espirales. Su santo diálogo de acción de
gracias es una escenificación oriental: Se observa en efecto la disposición de
las figuras afrontadas alrededor del árbol de la vida, muy islámico con sus
hojas de palma de folíolos curvilíneos; pero igualmente se advierte la
presencia de influencias carolingias, tan importantes desde el s. IX en la corte
de Oviedo y en el s. X en Castilla con la llegada en peregrinaje hasta Santiago
de numerosos francos. La evolución marcada por los trabajos de Florencio de
Valeránica se acentúa aún más en el Códex
Vigilanus, copiado e iluminado dieciséis años más tarde por el escriba Vigila,
y en su directo sucesor, el Códex
Aemilianensis, copiado del Vigilanus
dieciocho años después, es decir, en el 994. La página principal con seis príncipes
y dos escribas es una especie de manifiesto político y estético que a la vez
inclina a la reflexión. Bajo los tres soberanos visigodos legisladores del s.
VII -Chindasvinto, Recesvinto y Égica-, aparecen sus sucesores
del s. X, de Navarra y León: Urraca, Sancho Ramiro, y bajo ellos, el obispo
Sisebutus, y a cada lado, los dos maestros que reinaban sobre el scriptorium
del monasterio de Albelda, el escriba Belasco y el estenógrafo Sisebutus. Este
manuscrito conciliar fue, ante todo, depositario y transmisor del tesoro de todo
el derecho visigodo, desde el Concilio de Elvira a los Concilios de Toledo. El Códex Vigilianus trasluce la incomodidad de un arte neoclásico en
vías de resecamiento, en que el rigor de los procedimientos se une a ciertos
aspectos de la estética antigua en sus últimas fases.
Por sus iniciales de variadas afinidades, su despliegue
de la Cruz de Oviedo profiláctica y también por las analogías iconográficas
y similitudes en la línea de la abstracción figurativa, los pintores de los
grandes Beatos del s. X fueron, sin duda, los contemporáneos e incluso los
compatriotas de los iluminadores de las Biblias leonesas y castellanas. Aunque
el propio archipictor Magius
de Escalada haya creado su estilo ex nihilo, como creyeron en tiempos ciertos críticos (lo que hoy es
dudoso), es cierto que la innovación capital de la que Magius fue testigo y
quizás incluso el autor, creó una importantísima mutación del espacio pictórico.
No cabe duda, que, sin romper los vínculos originales de la iluminación con el
Comentario de Beato, y menos aún con el texto comentado del Apocalipsis de San
Juan, esta mutación recuperó plenamente la autonomía del espacio pictórico:
posiblemente recibió una tradición muy precisa de las miniaturas ilustrativas
de temas de las Sagradas Escrituras, pero hizo fructificar esta herencia e,
incluso, la metamorfoseó en un ciclo de pinturas. Con todo, la irradiación
europea de los Beatos atestigua la novedad y originalidad de su aportación a la
pintura e iconografía medievales posteriores. Pero en los ejemplares del ciclo
de Magius, el análisis de las afinidades orientales de la pintura mozárabe
se hace cada vez más difícil e incluye también una reflexión sobre los
diferentes gustos de sus respectivos scriptoria
para comprobar si revelan nuevas aportaciones en la continuidad de estos
influjos orientales. Así, el Beato de Gerona, a pesar de ser uno de los más
tardíos y anómalos en relación con el origen de la tradición de Magius, considerada en el contexto del s. X, muestra
en el 975 figuras nuevas muy orientalizantes, tales como el Caballero de la
lanza o la Bestia-simurgh, ambas de perfiles sasánidas.
Las investigaciones sistemáticas de que ha sido objeto dicho ciclo no
han permitido a W. Neuss demostrar perentoriamente la existencia de un Beato
original -de un Urbeatus-; es cierto
que el hiato cronológico de más de un siglo, que separa la redacción de la
obra de Beato de los más antiguos ejemplares iluminados, plantea objetivamente
un irritante problema, porque resulta preciso saber distinguir la fecha de la
composición de la obra, en el último cuarto del s. VIII, y la fecha de su
iluminación, por lo menos la de los ejemplares actualmente conservados, de los
cuales, aparte del enigmático fragmento llamado de Nájera, ninguno parece ser
anterior a la primera mitad del s. X. Pero lo importante para los iluminadores y
su proyecto y, por consiguiente para poder comprender la intención primordial
de esta obra, continúa siendo que el comentario incluyó una teoría explícita
de la visión espiritual, visión que prestó su verdadera dimensión religiosa
a la creación pictórica, desvelando su sentido espiritual. Es lo que sugieren,
por ejemplo, las siguientes frases de Beato: Bienaventurados
los que ven lo invisible, podrán por
la contemplación de las cosas espirituales revelar el misterio de los secretos
celestes (...). Es preciso partir de dos comprobaciones. Por un
lado, el texto de Beato incluye, por tres veces, referencias explícitas a una
miniatura correspondiente al texto. Por otra parte, las copias más antiguas del
Comentario, que tal vez procedan del scriptorium
de San Millán de la Cogolla, ya incluyen una ilustración de base de pequeñas
viñetas, insertas en un fragmento de una de las dos columnas del texto, según
la técnica de ilustración más antigua de las Biblias miniadas: la que
dominaba todavía en la composición de páginas de las Biblias leonesas. Entre
los ss. VIII y IX pudieron existir, por tanto, Beatos en el sentido que se le da
a esa palabra por las obras de Magius y de sus alumnos y seguidores. Pero tales
Beatos no llevaban probablemente más que miniaturas estrechamente subordinadas
al texto, aún muy tímidas, y que no alcanzaban, más que en contadas
ocasiones, la autonomía y las dimensiones de la columna o la página entera. Es
posible que la ilustración de este primer
estilo pictórico de Beato se remontara más o menos directamente a una
ilustración paleocristiana de los Comentarios al Apocalipsis, recopiladas por
el propio Beato; en especial al del donatista Ticonius (s. IV), al que tanto
debe la obra de Beato. Las vinculaciones del programa de esta ilustración con
frescos de la Alta Edad Media, descubiertos en el Norte de Italia, en una
iglesia de Civate, invitan a pensar en una fuente común, que bien pudiera ser
la ilustración paleocristiana de ciertos comentarios de época patrística.
El misterioso Fragmento de Nájera,
que sucede cronológicamente a estos hipotéticos protobeatos
es, en realidad, un torpe pictograma en el que aparece una cierta abstracción
simbólica de la figura humana, a medio camino entre el naturalismo antiguo y el
grafismo no figurativo, que anuncia ya lo esencial de la nueva estética de los
Beatos del s. X. Pero si la tendencia a la estilización de esta visión pictórica
del Fragmento de Nájera es análoga a la de los Beatos ulteriores, no lo son su
universo iconográfico y estilístico: así, en el manuscrito de Nájera, las
cabezas, por separado, recuerdan a las que se pueden ver en el centro de algunas
ruedas de la más antigua tradición del Tratado de la Naturaleza isidoriano, los objetos redondos con
cadenas y colgantes de hojas de peral tienen gran parecido con la esquematización
infantil de una corona votiva como la de Recesvinto, etc., de manera que la
miniatura contiene una fuerte tradición iconográfica visigoda, un toque de
estilo paleocristiano, carolingio y merovingio y una inspiración en la orfebrería
asturiana. El folio de Nájera se ofrece como una composición pictórica de
sentido análogo a la de los Beatos sobre el mismo tema, pero construida en un
lenguaje más tradicionalmente hispánico y más europeo a la vez y, sobre todo,
muy postvisigótico. Beato escribió
en el reino asturiano setenta años después de la caída del reino de Toledo.
Con lo cual todo esto resulta coherente. Basta con mirar la misma escena en un
Beato de la segunda mitad del s. X para captar, a través de las diferencias,
todo el camino recorrido: diferencias en la calidad del dibujo, de la composición,
de los colores y de la colocación de figuras; abandono del vidente surrealismo
en la expresión del mártir... son algunos caracteres que muestran los jalones
del camino, como también lo muestra la tendencia más esquemática y decorativa
en el tratamiento de los objetos votivos que se muestra en los Beatos del s. X.
En resumen, al contrario de la violencia, primitiva
en todos los sentidos, de la imagen de Nájera, la que aparece en los Beatos de
la tradición de Magius muestra una armonía más clásica, como en el
caso del Beato de Urgell, en el cual se subordina a la contemplación interior
de esos personajes, con gesto de orador antiguo, solemnemente realzados por la
alegría de sus togas multicolores.
Contrariamente a lo que suele hacerse al abordar el arte de los Beatos
del segundo estilo (segunda mitad del
s. X) a través de la mitología de los Temores del Año Mil (o sea, de abajo a
arriba), es preciso seguir más razonablemente el hilo del tiempo y saber captar
su esfuerzo creador, destacando la novedad de su estilo con relación a la
piadosa pesadilla del folio de Nájera y a la timidez de las viñetas miniadas
del primer estilo. Aunque las miniaturas de la tradición
de Magius permiten observar admirables gestos de terror y desesperación de
unos hombrecillos abrumados por las plagas caídas del cielo, por el
oscurecimiento del sol y por el fulgor sangriento de la luna, la nota dominante
de tales obras es la de una contemplación serena hasta de los propios dramas cósmicos
del fin de los siglos. Puede observarse en ocasiones, y aún en las escenas más
sagradas, un gracioso anecdotismo, y sirva como ejemplo, en el Beato de
Escalada, la gran visión de la Adoración del Cordero Místico, con su agitado
bullir de músicos y su Tetramorfos en amigable conversación con espectadores
un tanto distraídos.

Entre los miniaturistas más conocidos de la segunda mitad del s. X
destaca el monje Magius, originario de Córdoba e instalado en León a
partir de 926, en el monasterio de San Miguel de Escalada y al servicio del abad
Víctor, para quien escribió y minió el conocido Beato de Escalada, en cuyo
colofón firma el monje cordobés como archipictor.
El carácter humano, a veces sonriente, sin perder por ello gravedad, es un
atractivo aspecto, frecuentemente ignorado del estilo de Magius y su escuela.
Concuerda con el tono lírico, no sin cierto sentido del humor, del sorprendente
colofón del Beato de Tábara. El discípulo de Magius (autor del
manuscrito), Emeterio, después de explicar cómo fue llamado a terminar
la iluminación del manuscrito, tras el reciente fallecimiento de su maestro, el
archipictor Magius (968), deja escapar
esta queja, con una cierta ironía hacia sí mismo:
¡Oh, torre
de Tábara (...)! Es ahí (...) donde Emeterio estuvo sentado y encorvado sobre
su tarea, a lo largo de tres meses,
quedando todos sus miembros baldados por el trabajo del cálamo (...). Terminóse
este libro el 6 de las calendas, de agosto del año 1008 de la Era (hispánica,
es decir el 970) a la octava hora, o sea el 26 de julio del 970 a las dos de la
tarde. En pocas obras de la pintura medieval resulta posible conocer su
terminación con tanta precisión, pero más escasos aún son los artistas que
han tenido la ocurrencia de representarse a sí mismos en pleno trabajo, como
hizo Emeterio, en esa destacada sección de la torre de Tábara de modillones multicolores.

Junto con el Beato iluminado a mediados del s. X por el archipictor Magius, este Beato de Tábara es otra de las obras
maestras de la magistral serie, es
decir, otro arquetipo pictórico que influyó más o menos directamente en todos
sus contemporáneos y sucesores. En una línea bastante próxima se encuentra el
Antiforario de León, que algunos
especialistas han creído obra juvenil de Magius, menos perfecta en dibujo, pero
más libre y con mayor movimiento que sus Beatos. Hay que añadir a estos
manuscritos el Beato de Valladolid, realizado probablemente en la segunda mitad
del siglo por el escriba Oveco en el monasterio castellano de Valcavado,
al Norte de Saldaña; el Beato de la Catedral de Gerona terminado por Emeterio
en el año 975 y por la monja y copista Ende, probablemente en Castilla o
León; y, por último, el Beato de la Seu de Urgell, que pudiera haber sido
copiado hacia finales del s. X en la región de la Rioja o del alto Ebro. Este
conjunto de Beatos representan por excelencia el segundo estilo, iniciado seguramente en Castilla (por Florencio) y
desarrollado en León y Castilla, así como en la Rioja en la segunda mitad del
siglo. Este estilo presenta caracteres acusadamente originales y posee una
docilidad notable a las teorías del propio Beato sobre la visión interior de
lo invisible: destacan los glacis de colores compuestos, los ornamentos
estriados de trazos paralelos, los entrelazos de afinidades francosajonas, su
iconografía y estilo de influencia islámica y la nueva concepción del espacio
pictórico. La escuela de Magius supo, asimismo, acrecentar los medios y el
espacio para ejercer su propia libertad, merced a un eclecticismo personal en la
elección de su vocablo iconográfico. Como los demás iluminadores mozárabes,
Magius y sus seguidores conocieron las técnicas y convenciones desarrolladas en
su Biblia por Florencio. El gran problema que presentan las miniaturas de los
Beatos es el de la realidad o irrealidad de los objetos materiales en ellos
representados: en caso, por ejemplo, de las arquitecturas de las siete iglesias
de Asia, algunos estudiosos sostienen que son reproducciones de iglesias auténticas
y otros que no son más que quimeras del pintor, y ambos parecen olvidar que
todo objeto se desnaturaliza y se aleja de la realidad en la medida en la que
carece de tercera dimensión. El espacio pictórico de los Beatos muestra una
ambigüedad llena de poesía, en la que animales y monstruos también se
confunden. Este arte asocia familiaridad y distancia: parece ir en busca y
encontrar la Eternidad, inmediata y cómplice, sin perder un ápice de su
trascendencia inaccesible y misteriosa, cual presencia de un Dios hecho hombre,
en el centro de un universo pictórico donde cada ser y cada cosa han perdido su
opacidad, para hacerse pura transparencia ante la realidad espiritual única.

Magius (o acaso su maestro, tal vez castellano) se tomó la suficiente
libertad como para escatimarla a sus discípulos. Marcó sobradamente el ciclo
que había recreado así en la existencia pictórica, de tal manera que sus
propias libertades no pusieran en peligro la irradiación y estabilidad de su
creación. Pero era muy difícil que el sabio equilibrio logrado por los
maestros no lo rompieran progresivamente los discípulos, a lo largo de años y
siglos. Se observa ya menos serenidad, más agitación y sentido decorativo en
el Beato de Valladolid, aunque tal vez esas ligeras variantes sean debidas a la
personalidad estética de Oveco. Las mutaciones son mucho más profundas en los
dos últimos ejemplares del s. X: los Beatos catalanes procedentes de la Seu
d'Urgell y de la catedral de Gerona. El Beato de Urgell es obra de un grafista
nato, y lleva hasta el límite deliberado de la aridez lo que en la generación
precedente no era más que rigor en el trazo. Es completamente distinta la
orientación del Beato de Gerona, fechado hacia el 975. Sus semblantes y ropajes
tienen singulares connivencias con los de las figuras del maestro de Fenollar,
lo que acaso sea un indicio de la influencia de los Beatos de este tipo sobre
los primeros maestros de la pintura
al fresco del románico catalán. El manuscrito lleva un colofón según el
cual, en el momento de ser pintado, Fernando
Flainez guerreaba contra los moros cerca de la ciudad de Toledo, y tal vez
fuera posible conciliar un origen leonés con el modelo de este manuscrito, explícitamente
debido a Emeterio y a la miniaturista Ende, del que se habría efectuado una
copia en Cataluña.

Más tarde, los Beatos irían adaptándose progresivamente a los cánones
del románico, incorporando el realismo, el modelado y la tercera dimensión,
como el Beato de Saint-Sever-Sur-l'Adour, que durante largo tiempo se creyó
equivocadamente heredero directo de la más antigua tradición leonesa y cuya
ejecución parece haberse destinado a la liturgia fúnebre de los reyes de León.
La supervivencia del arte de los Beatos es conservadora y diversa, y se la puede
seguir en España hasta las miniaturas góticas del s. XIII, para cuando ya se
habrá olvidado el genio mozárabe representado por los miniaturistas de los
Beatos tan prodigiosamente.