INTRODUCCIÓN
De todos los campos del arte prerrománico hispánico, ninguno muestra
tan notable originalidad en sus creaciones y tan tremenda complejidad en sus
afinidades e inspiraciones como el de los manuscritos con pinturas, denominado
por los especialistas el de la iluminación
mozárabe. Los conocidos Beatos que son objeto de análisis en el presente
trabajo comenzaron a parecer como pertenecientes a tiempos antiguos a partir del
S. XVI. A ese pasado se le consideró enseguida como algo en cierto modo
sagrado, aunque a la vez fue revestido con una aureola de preciosa reliquia y de
patrimonio al que había que infundir nueva vida.
En el s. XVI se despertó un vivísimo interés por la liturgia mozárabe (a la que se supone abolida en la Castilla-León de
Alfonso VI en la segunda mitad del s. XI al ser sustituida por la cluniacense),
y, consiguientemente, por los manuscritos que la contenían. Luego se quisieron
conocer los textos a través de los manuscritos subsistentes, y, al mismo
tiempo, se comenzaron a apreciar las ilustraciones de tales manuscritos. Con
todo, ya a finales del s. XV, el cardenal Cisneros había puesto de nuevo en
vigor la liturgia mozárabe cuando hizo imprimir el Breviario y el Misal Mozárabes,
y cuando posibilitó la fundación, en 1499, de la capilla mozárabe de la
catedral de Toledo.
Para dar idea del interés suscitado por los manuscritos miniados mozárabes
se limitará esta breve introducción a citar las inquietudes que suscitaron en
el corazón mismo de la Corte española. En efecto, Felipe II, al organizar la
Biblioteca de El Escorial, hizo que Ambrosio de Morales buscase los manuscritos
más bellos de Castilla y de Asturias, y el famoso historiador le señaló
varios de los ss. X y XI. Para preparar la edición de las Etimologías
de San Isidoro, el mismo rey había pedido prestada a la abadía de Silos su
copia del s. XI, actualmente conservada en París. Recibió, además, de la
biblioteca de Ponce de León, el Beato del s. X conservado desde entonces en la
Real Biblioteca de El Escorial. En los ss. XVII y XVIII diríase que el interés
suscitado por este tipo de obras fue esencialmente literario y religioso, aunque
parece ser que en algunos casos lo que atrajo fue la belleza de ciertas obras:
así, Felipe V se procuró para la Biblioteca Real el famoso Beato realizado por
encargo del rey Fernando I y su esposa Doña Sancha en 1047, actualmente
conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid.
El verdadero interés desde una óptica científico-cultural comenzó
hace casi tres cuartos de siglo. Cuando el cubismo iniciaba su afirmación, en
1924, la Sociedad de Amigos del Arte organizó en Madrid una exposición de
manuscritos miniados españoles: los Beatos afloraron entonces de un olvido de
muchos siglos para brillar en todo su esplendor. Ya aquellos pintores del s. X
practicaron una técnica de glacis mucho antes que Gauguin; precedieron a
Matisse en las contracurvas fluidas de los contornos; e inventaron la
expresividad antirrealista del primer cubismo del Picasso de las Señoritas de Avignon.
La historia de este arte ha pasado, con el transcurso de los años, a
documentarse a partir de descubrimientos científicos cada vez más precisos y
matizados como son la pluralidad de escuelas y de scriptoria, la solución de dificultades para trazar una genealogía
satisfactoria de los pintores de los Beatos, o la diversidad de influencias
septentrionales y meridionales, carolingias e islámicas. Don Manuel Gómez
Moreno creía que en el principio estaba
Magius, el general archipictor del
scriptorium de Escalada; este
miniaturista sigue siendo sin duda hoy día uno de los más grandes, el primus
interpares, pero dando a la acepción primus
el sentido de excelencia estética y no de prioridad cronológica, pues a él
antecedieron el iluminador cubista de
la Biblia más antigua de León, Juan de Albares, y Florencio de Valeránica,
que según los investigadores actuales parece haber desempeñado un papel
decisivo en la mutación mozárabe de
la miniatura leonesa y castellana a mediados del s. X.